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"Tenemos que hablar de Kevin" de Lionel Shriver

"Pero tiene que ser posible conquistar la devoción forzando el antagonismo hasta las últimas consecuencias, y atraer así a las personas mediante la propia acción de castigarlas"

Pocas citas me han resultado tan impresionantes como esta de Tenemos que hablar de Kevin, de la escritora Lionel Shriver, publicado en España por Anagrama, en su Colección Compactos.

  Lo que no es de extrañar es que esta cita pertenezca a este libro, pues todo él es igualmente impresionante. El tema es abrumador: relato epistolar de una madre desde la decisión de tener un bebé hasta que este hijo suyo protagoniza una matanza en un instituto de Estados Unidos.

Es curioso que no se trate de una exculpación, ni de una solicitud de perdón, ni de hablar de algo que no se sabe cómo sucedió y que nunca se sabrá. Lo curioso es que hay respuestas, aunque estas no nos gusten nada de nada. Es admirable la valentía de Shriver, que al parecer a suscitado grandes polémicas con su novela. No entiendo porqué. Tiene razón en todo. Los hijos son esos extraños que nos resultan extraños porque no queremos ver en ellos lo mucho que hay de nosotros mismos y para no "vernos" no los miramos y no intentamos entenderlos, así que no pueden ser otra cosa que seres desconocidos. Ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos, y, lo que es todavía más grave, no queremos saber de nosotros mismos. Por tanto, cuando aparece un hijo y nos pone delante un espejo, no lo reconocemos, y, si lo reconocemos, no lo aceptamos y miramos hacia otro lado, relacionándonos con un hijo inventado.

Shriver lo explica magistralmente, pormenorizadamente, dando un montón de detalles de cómo un bebé se puede convertir en un psicópata. Lo que duele, creo, a la sociedad adulta occidental, es que para convertirse en un psicópata entre los psicópatas, o sea, en un ser completamente falto de empatía y capaz de asesinar con calculadora cabeza y sangre fría, decía, que para convertirse en ese psicópata necesita de los adultos que lo rodean: sus padres. Y la autora, con muy buen criterio, va más allá, y no nos muestra tan solo a sus padres, sino que nos da también unas indicaciones de los abuelos y los tíos del chaval, y a algunos de sus profesores.

Esto, presentar todo el árbol genealógico y analizarlo, es lo que hace la Psicología Sistémica. No sé mucho más. Claro que se podrá aducir que, sabiendo cómo acaba todo, es fácil ver que lo que ocurrió se estaba gestando en esa familia disfuncional. Pero lo cierto es que Shriver no presenta a una familia especialmente disfuncional. Es una familia como todas, con sus sueños y sus desencuentros... como todas. Entonces ¿por qué digo que se encuentran respuestas en la novela? Porque está meridianamente claro que cuando uno se da cuenta, o le parece, o se huele que hay problemas de relación, estaría bien ser lo suficientemente humilde para buscar ayuda profesional. Y aquí es donde está el verdadero mal de nuestra civilización actual, en esa palabra que ha pasado inadvertida de mi frase anterior: humilde. Y de esto, de la humildad, ya escribí en mi primer post.

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