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Cortázar, Woolf, Cervantes y Apuleyo. Paradigmas literarios IV

Julio Cortázar no es un autor fácil, porque, al parecer, lo fácil ya estaba hecho y hubo un momento en el siglo XX en el que lo único importante fue innovar, remover los cimientos de todo hasta prácticamente su caída. Pero si se tiene el don de narrar no queda más remedio que narrar. Eso es lo que hace Cortázar en El perseguidor, uno de sus cuentos. Y, los paradigmas parecen no diferenciarse, porque es una historia clásica, muy clásica, la de un hombre que quiere saber quién es, por qué existe y por qué, si ha llegado a estar en este mundo, es tan difícil vivir: 

...

apurar cielos pretendo

aunque si nací ya entiendo

que he delito he cometido

pues no hay delito mayor

del hombre, que haber nacido.

"La vida es sueño", Calderón de la Barca (siglo XVII).

 

El perseguidor

         Julio Cortázar publica el cuento El perseguidor como parte de su libro de cuentos Las armas secretas en 1959. Aparentemente también se trata de una biografía, la que un crítico literario, Bruno V., hace de un músico de jazz, Johnny Carter. Pero no leemos esa biografía, sino que el biógrafo es el narrador de la relación que mantuvieron él y el músico los últimos días de la vida de Johnny en París.

         Lo primero que salta a la vista en la lectura de este cuento es que el tiempo no se mantiene lineal a lo largo de toda la redacción. En un momento dado, el tiempo pasado (Dédée me ha llamado por la tarde...), que alternaba con el presente (Dédée está lavando las tazas y los vasos...) en las escenas en las que primaba el estilo directo del diálogo, cambia a tiempo futuro (Pasarán quince días vacíos... [...] Pasarán por ahí dos de los chicos del nuevo quinteto de Johnny... [...] Entrarán otros músicos...) y después de estos tres puntos y aparte, reaparecen el presente y el pasado separados por una coma (Mi reacción es tan natural, he querido levantar a Johnny...).

         Lo segundo que cabe señalar es a la pareja protagonista, inspirada en los cervantinos Don Quijote y Sancho Panza. El narrador, Bruno V. correspondería al realista Sancho; el músico, Johnny, por tanto, es el alter ego de Don Quijote, el soñador. Su relación es exactamente igual que la inventada por Cervantes: Bruno/Sancho es práctico, conoce cómo deben hacerse las cosas en el mundo en el que habitan y no se deja llevar en ningún momento por la fantasía. Sólo quiere conseguir una Ínsula gracias a su Don Quijote, y la consigue: se publica su biografía sobre el músico de jazz y se traduce a varias lenguas y lo convierte en un autor de éxito. Johnny/Quijote es el soñador, el que necesita descalzarse y sentir el suelo en la planta de sus pies para intentar darse cuenta de que toca la realidad, si no es así, vive continuamente en un mundo creado por su cerebro, y cuando interpreta su música entra en la cueva de Montesinos y la fantasía/felicidad llega a límites increíbles incluso para él. Y aunque la muerte de una de sus hijas, Bee, le hace sentir la cruda realidad, él se da cuenta de que no puede conformarse con ella, como Don Quijote. Johnny, cual caballero andante, tendría que poder desfacer los entuertos, tendría que poder incluso con Dios:

... Te digo que he querido nadar sin agua. Me pareció... pero hay que ser idiota... me pareció que un día iba a encontrar otra cosa.

         Johnny ha constatado que hay una gran diferencia entre el tiempo "real" que transcurre en su mente y el tiempo de la realidad externa. Le cuenta a Bruno que se ha dado cuenta de que en un minuto se pueden pensar muchas más cosas de las que se pueden contar. Que con un minuto de pensamiento tendría para escribir un libro entero. Bruno lo toma por poco inteligente, lo disculpa porque es un gran músico de jazz, el mejor del mundo, pero no cree que pueda servir para nada más. Hay que cuidarlo como a un niño pequeño: procurar que tenga donde dormir, que tenga donde trabajar y con qué hacerlo (un saxo que Bruno le consigue y nunca se dice de dónde lo saca), que esté atendido.

         La fantasía más perseguidora de Johnny es un campo de urnas, un campo donde están enterradas las cenizas de miles de personas en unas pequeñas urnas. Algunas están desenterradas. Una de ellas debe contener sus propias cenizas. Johnny está conectando con nuestros ancestros, los hombres de los kurganes que se extendieron por toda Europa venciendo a las culturas matriarcales que ocupaban las zonas cálidas del continente. La invasión se repitió muchas veces, hasta que abolieron todo vestigio de la sociedad anterior a los enterradores de urnas. Son los héroes homéricos, guerreros que encienden una pira para incinerar a sus muertos. Son los inventores del bocado para dominar a los caballos y los padres de todas las lenguas indoeuropeas, a las que pertenece, claro, el español.

         La conexión de Johnny se produce cuando suena la música. Su saxo suena como nadie es capaz de hacerlo sonar, incluso cuando cree que toca mal consigue admirar a todos. La música es el lenguaje con el que Johnny es capaz de expresar esa sensación de comunión de los hombres que han sido, son y serán. Ahí se siente parte de la historia de la humanidad. No es extraño por eso que la pieza que él no quiere que se publique en disco sea la que todos desean que se publique y que se titule Amorous.

         Bruno, a veces, siente envidia de Johnny. De una libertad que tiene Johnny y que él, aburguesado y limpio, no tiene. A Bruno le importa el bienestar propio, el dinero que en nuestra realidad es necesario para conseguir ese bienestar. A Johnny el bienestar material le trae sin cuidado. Las cosas que le importan son las que no puede explicarse y que aparecen en su cabeza, colándose en sus pensamientos conscientes y en sus sueños inconscientes. Necesita drogarse, como Don Quijote necesita de las novelas de caballerías, para soportarlo, porque se siente apresado en esta realidad que no le gusta y que no sabe cómo romper:

No tiene ningún mérito pasar al otro lado porque él (Dios) te abra la puerta. Desfondarla a patadas, eso sí. Romperla a puñetazos, eyacular contra la puerta, mear un día entero contra la puerta.

         La rotura de la linealidad en el tiempo del relato convierte a El perseguidor en un cuento fuera de la verosimilitud y de la mímesis. El imposible-creíble de Aristóteles ha recibido un gran puñetazo con esa aparición extemporánea del futuro. El artificio de la ficción se ha puesto de manifiesto, y gracias a ello podemos entender más allá. Sin aviso, Cortázar apela al lector, para que recomponga lo que pueda con los mimbres que le ofrece. Y cada lector construye, pragmáticamente, según su momento vital. Así, la iteración (la que nos cuenta Pozuelo Yvancos) que distingue al texto ficcional del texto comunicativo oral provoca lecturas diferentes cada vez que un nuevo lector, o un antiguo lector tras pasar un periodo de tiempo, se acerca a la obra.

         Cortázar es uno de los escritores más conscientes de este paradigma contemporáneo. Le interesan los límites de la literatura, y propone "juegos" al lector para que sea cómplice y compañero en ese mantener el equilibrio en el borde de la comunicación, de la escritura, de la vida, de la realidad. En otros relatos llega a romper el lenguaje (por ejemplo en La inmiscusión terrupta). En El perseguidor se salta las fronteras del tiempo que nos viene impuesto por lo que socialmente hemos admitido que es el tiempo. Pero como ya averiguamos con James Joyce en su Ulises y con Virginia Woolf en su Orlando, el tiempo es subjetivo. Igual que los espacios se modifican gracias a artilugios inventados por la Revolución Industrial, el tiempo varía en cada mecanismo humano, porque cada ser siente en su cuerpo el tiempo de forma distinta.

         El cuerpo de Johnny siente el tiempo como algo doloroso, algo que transcurre de forma muy diferente para él que para el resto de personas. Bruno, en cambio, se rige por el tiempo aceptado por la mayoría, y no se entretiene en dar importancia a lo que su subconsciente le muestra como tiempo propio. Hay infinidad de mundos posibles, y esos mundos no tienen porqué mantener entre ellos ningún parecido. Cortázar ha abierto la puerta para que cada uno encontremos el mundo en el que vivimos más a gusto con nosotros mismos. No es el relato fantástico de Apuleyo o del Cervantes de El casamiento engañoso, es el relato fantástico del mundo interior de cada hombre y su relación con el mundo interior de los demás. Es ese espacio de encuentro/desencuentro que en el Quijote simbolizaban dos hombres de estratos sociales y culturales diferentes y en Cortázar simbolizan dos artistas, escritor y músico, que se relacionan de forma muy diferente con el arte. El biógrafo elige el arte utilitario, que lo mantiene anclado en el presente, el jazzman elige el arte trascendente, que lo conecta con la historia pasada y lo proyecta hacia la futura. Bruno respeta los límites, Johnny los cruza. Cortázar busca un espacio/tiempo en esa frontera que separa a los dos personajes y nos coloca en él.

         Ya no es la Historia de la Literatura, sino la Historia de la Humanidad, la representación a la que asistimos.

 

 

 

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