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Cervantes y Apuleyo. Paradigmas literarios II

El "paradigma clásico" no solo lo encontramos en los clásicos grecolatinos. Fue el único paradigma que existió hasta el Romanticismo, siglo XIX. Esto es lo que se reflexiona a continuación, comparando El coloquio de los perros de Miguel de Cervantes, con El asno de oro de Apuleyo.

El casamiento engañoso (y Coloquio de los perros)

         La caída del Imperio romano provoca también la caída de la cultura. Durante siglos el Imperio de Occidente, el primero en caer, sufre multitud de migraciones, guerras y un cambio profundo en su religión. Todo ello condenará a la literatura al olvido primero y al encierro en monasterios después. No será hasta los siglos XIII y XIV cuando se vuelva a iniciar el ciclo del arte literario: épica, lírica, drama. Se habrán acomodado a la nueva situación social, nueva porque está naciendo, pero se parece irremediablemente mucho a la antigua sociedad: los nobles son la réplica de los ciudadanos ricos de Roma, los plebeyos se asemejan a los ciudadanos romanos pobres, el vasallaje al caballero feudal es un remedo de las antiguas legiones en lo que se refiere al statu quo de los soldados, estado y religión se apoyan una a otro como en los mejores momentos de Augusto.

         El cambio más significativo para nuestro trabajo es que existen unas Sagradas Escrituras que se leen en los lugares de culto, y que van a cambiar la forma de leer y de escribir, según nos demuestra Erich Auerbach. Los antiguos dioses greco-romanos no habían dejado nada escrito, nada que hubiese que leer, y este es un cambio fundamental como veremos, un cambio de auctoritas para escritores y lectores.

         En este contexto, que poco varía hasta el siglo XVIII, renace la novela. Miguel de Cervantes traslada el género de la novela corta italiana a nuestros pagos y crea pequeñas joyas de la historia de la literatura española: las Novelas Ejemplares. Entre ellas El casamiento engañoso y coloquio de los perros. De nuevo un hombre sufre una transformación a manos de una mujer, pero esta vez no hay metamorfosis, por lo menos no una tan maravillosa como la de Lucio-asno. Ahora, el protagonista, que se creía muy listo por pretender casarse con una mujer a la que suponía con una desahogada posición económica, acaba arruinado y en el hospital. Tras esta historia empieza lo increíble-posible de Aristóteles: nuestro héroe, Campuzano, dice que ha oído a dos perros hablar a lo largo de una noche entera.

         Berganza, perro del hospital de Mahudes, cree que puede hablar porque antes fue hombre y sufrió la magia de la bruja Cañizares. Cipión, su compañero de especie y de trabajo, más sensato, le quita esta idea de la cabeza, pero tampoco acierta a explicarse por qué pueden hablar, así, de repente. Para aprovechar que tienen el don de la palabra deciden "narrar" y Berganza comienza en primera persona el relato de su vida, una vida "perra" llena, otra vez, de ejemplos, de cuasi-mitos.

         Ya la historia que nos ha contado Campuzano sobre su casamiento era un ejemplo, una enseñanza (seguimos en el didactismo, son las Novelas ejemplares). A diferencia de la historia de Lucio, la de Cervantes no contiene cuentos intercalados, sino que contiene un cuento, el Coloquio, al final. Tras la narración de Berganza el cuento de El casamiento finaliza en pocas frases.

         La verosimilitud y la mímesis ahora sí nos importan. Cervantes debe justificar que dos perros hablen y la magia ya no es suficiente, ni socialmente aceptable pues te puede llevar a la hoguera gracias a la Santa Inquisición. Don Miguel utiliza un nuevo recurso: la escritura y la lectura. El Alférez Campuzano ha escrito lo que oyó decir a Berganza y nosotros lo leemos al tiempo que lo lee su amigo el Licenciado Peralta. Y nosotros lo leemos con el ánimo del Licenciado: "seguramente el Alférez tenía fiebre cuando le pareció que oía hablar a dos perros".

         Todo el diálogo que mantienen Peralta y Campuzano sobre la verdad o mentira de que el Alférez haya podido escuchar "realmente" a dos perros que hablaban como si fuesen seres humanos sirve para que el lector tenga en cuenta todas las razones que han de llevarle a no creer ni una sola palabra de lo que se relata a continuación. Con la misma idea, el cartapacio de papeles de Campuzano, al ser abierto por Peralta, nos presenta un título, lo que nos lleva de nuevo a la ficción. Así mismo, la discusión entre los perros sobre la sorpresa que los dos tienen al darse cuenta de que tienen el don de la palabra, y de lo extraño que incluso a ellos mismos esto les parece, vuelve a redundar sobre la necesidad de que el lector sepa exactamente que lo que está leyendo es única y exclusivamente ficción. Al mismo tiempo, el autor solicita ser creído dentro de la mentira. Solicita que el lector decida aceptar la narración "como si" fuese verdadera.

         Aún así, la estructura, la intención, lo "maravilloso" y el relato en primera persona son los mismos que usaba Apuleyo. La novela ha renacido en el punto donde murió. Son las mismas piezas, según palabras de Pozuelo Yvancos, dispuestas de forma que se naturalizan.

El uso de la ironía cervantina ya no es, sólo, un recurso humorístico didáctico, como lo era en Apuleyo, sino que también hay una llamada de atención sobre las grandes diferencias que existen entre literatura y vida, y lo importante que es la una para la otra, aunque nunca puedan ser ni remotamente parecidas.

Cervantes, no lo olvidemos, vive en un siglo en el que los grandes pensadores siguen creyendo en noticias maravillosas. Los embajadores de los reyes viajan a los confines del mundo conocido y a su vuelta relatan las cosas sobrenaturales que han visto (Viaje a Tamerlán, por ejemplo). Se descubre América y de allí llegan relatos fantásticos de sucesos "milagrosos" y portentosos. Y todo ello se presenta al público como narración de la verdad, hechos reales. Algo, en el pensamiento del siglo XVI, no ha variado desde el siglo II.

         Y el Coloquio mantiene la linealidad temporal, la vida de Berganza nos la narra él mismo y empieza por el principio, con sus primeras andanzas. De vez en cuando Cipión lo amonesta, porque se alarga en los detalles, pero Berganza cuenta todas las historias, incluso intercala un cuento dentro de su vida (al estilo de Lucio en El asno de oro), un cuento del que él no es el protagonista, con expresiones del tipo: perdóname, porque el cuento es breve, y no sufre dilación, y viene aquí de molde. Con menos anuncio también cuenta la anécdota del tirio Corondas, y otras que introduce diciendo simplemente: he oído. De nuevo se presenta lo oral. De nuevo, lo que sabemos de los personajes lo sabemos porque lo han dicho o hecho o nos lo han contado. Y está contado todo, sin espacios para que el lector intervenga o pueda suponer "algo" más allá.

         Durante los siglos de oscuridad literaria se ha estudiado la preceptiva clásica a fondo, y se han mezclado las poéticas de Aristóteles, Horacio, Cicerón y Quintiliano. De ese cóctel, la escolástica ha destilado la retórica de la escritura creativa y los escritores que se salen de la norma son atacados por los estudiosos y el resto de autores. Pero Cervantes ha encontrado la "grieta" por la que escaparse de la retórica-constreñidora: la literatura. El acto de leer es un acto de vida, y es ahí donde hay que valorar la obra literaria. El imposible-creíble de Aristóteles existe solo en la obra literaria, se pone en marcha cuando el lector decide suspender la realidad y "creer" en la ficción. Por eso Peralta lee el Coloquio de los perros y nosotros leemos lo que lee Peralta, un buen amigo de Campuzano, el escritor, el fabulador, el "mentiroso", el fantaseador. A través de la lectura de Peralta, y animados porque Peralta lee, nos lanzamos a leer el Coloquio, aunque los protagonistas sean dos miserables perros y aunque sepamos que es del todo punto imposible que hablen, que eso solo es un artificio del autor para narrar unas aventuras picarescas.

         Sin duda, el nacimiento y auge de la imprenta, así como la existencia de las Sagradas Escrituras, que mencionábamos al principio, influyeron, y mucho, en la posibilidad de que Cervantes hallara esta "grieta".

         Propongo que quizá haya en este "ejemplo" de El Coloquio, que está dentro del "ejemplo" de El casamiento, una reflexión que los una, de una manera más sólida que la simple anécdota de que Campuzano ha estado tan enfermo que ha comenzado a desvariar hasta el punto de que oye hablar a dos perros. Esta reflexión podría ser que la vida del perro Berganza y la del Alférez Campuzano no son tan distintas, de modo que nuestro engañado protagonista ha "soñado" con su "alter ego" porque se ha sentido así, como un perro, muchas veces o por lo menos tras su intento de casarse con un engaño que se volvió contra él. Si esta reflexión es posible, estaríamos mucho más cerca de El asno de oro, de Lucio-asno, con un Campuzano-perro al que la magia no lo volvió perro, sino que sueña que es un perro. Y confirma esta suposición el hecho de que en El asno de oro, Lucio está a punto de convertirse en perro en lugar de en asno, y hay momentos en los que siendo asno cree que le hubiese ido mejor siendo perro. Cervantes conocía bien la literatura clásica, aunque se ha discutido mucho sobre su formación académica lo cierto es que su mayor empeño, como erasmista que era, fue escribir siguiendo las normas de los clásicos a los que admiraba.

Lo que Pozuelo Yvancos dice, las mismas piezas sobre el tablero. O según Bajtin, la falta de perspectiva histórica, el desconocimiento de que pertenecemos a una historia. En el siglo XVI y XVII la literatura es solo una, para todos, aún no se ha dividido en países y mucho menos en periodos históricos. La literatura existe sin "apellidos" y sobre todo la literatura que hoy llamamos clásica era la literatura de todos, la Literatura con mayúscula, lo que hay que imitar pues no se puede mejorar. Y quizá por eso, aunque se hable de escritura y de lectura, sigue sin descubrirse el artificio de la creación literaria. Así seguirá durante dos siglos más.

 

 

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