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Novela romántica y clásicos grecolatinos II

Novela romántica y clásicos grecolatinos II

 

Esta segunda entrada sobre novela romántica, en relación con la anterior, da un salto en el tiempo y en el espacio. Desde la novela griega del siglo I antes de Cristo hasta la ciudad de Nueva Orleans, en Estados Unidos, en el siglo XXI, momento y lugar de la serie de la que hoy voy a ocuparme: Cazadores Oscuros de Sherrilyn Kenyon.

            La saga se compone de nada más y nada menos que de 25 títulos, publicados desde 2002 con gran éxito de público. En cuanto al género, se la ha bautizado con el nombre de "Novela urbana", pero no nos vamos a dejar llevar por el esnobismo y vamos a llamarla por su nombre: Novela romántica. También podríamos llamarla "Novela bizantina", atendiendo al nombre que se ha dado durante años al tipo de novela de trama amorosa en la que la pareja protagonista se veía interrumpida en su feliz idilio por multitud de obstáculos que, en la mayoría de las ocasiones, los llevaban a tener que vivir largo tiempo separados, lo que convertía en muy deseado, para el lector, el esperado reencuentro final. Pero, un detalle, nada nimio, por cierto, separa radicalmente la saga de Kenyon de la novela bizantina: aparecen los dioses interviniendo en los destinos de los protagonistas. Para encontrar textos en los que los dioses tengan la importancia que tienen en los relatos de la autora norteamericana debemos retrotraernos hasta el más antiguo de los textos que conservamos, la Ilíada de Homero.

            En el poema homérico se narra cómo el enfrentamiento entre las diosas Afrodita, Atenea y Hera, da lugar a la guerra de Troya. Para Kenyon, es el enfrentamiento entre Apolo y Artemisa el que desencadenó la guerra que no tiene visos de llegar a su fin, entre un bando de seres que necesitan alimentarse de sangre humana para sobrevivir y otro bando de seres que protege a los humanos de estos ataques.

            Sí, aparecen seres similares a vampiros, pero no nos quedemos en los detalles. Sigamos un poco más con los dioses, porque en la saga no solo aparecen los dioses olímpicos conocidos por la mitología, Zeus, Hades, Ares, las Erinias, los Destinos... además aparecen dioses de otros panteones, como el sumerio y el atlante. Este último es el panteón completamente salido de la imaginación de Kenyon, y su penúltimo dios vivo es el protagonista máximo de Cazadores Oscuros. Su nombre es Aquerón, nombre de uno de los dos ríos del inframundo que los muertos debían navegar para llegar al lugar donde pasarían la eternidad. Es un dios prácticamente omnipotente, con los atributos de los dioses homéricos: capaz de viajar en el tiempo y en el espacio, puede presentarse ante los humanos y dejarse ver por ellos, puede mantener relaciones sexuales con humanas, es inmortal... y de algún modo puede decidir sobre la vida y la muerte, pues sus palabras siempre se cumplen.

            La presencia de la mitología clásica y de la historia social de la Grecia Antigua no se limita a esta teogonía creada por Kenyon. También aparecen personajes de los que se cuenta que fueron guerreros griegos en tiempos anteriores a Troya, como Kyrian de Tracia o Julian de Macedonia. Además, en los relatos sobre la infancia de Aquerón se encuentran referencias a las costumbres sexuales más sórdidas que pudieron darse en aquellos remotos siglos, a los ritos religiosos que tenían lugar, e, incluso, a las representaciones teatrales que fueron tan importantes para la civilización griega.

            Las relaciones de estas novelas románticas con la Ilíada no acaban aquí, pues el entramado de relaciones entre los dioses, sus disputas, amoríos, arbitrarias predilecciones e incompresibles lealtades, aparecen en ambas obras para dejarnos igual de atónitos en una y en otra. Quizá se puede objetar que las relaciones sexuales son mucho más explícitas y explicativas en Kenyon, son novelas románticas, pero en la Ilíada también existen, solo hay que leer los trabajos del profesor Marcos Martínez para ver con claridad que ese aspecto ha sido ninguneado por los críticos pero que existe.

            Por otra parte, el mundo latino, el del Imperio Romano, menos proclive a la fantasía dado que conservamos muchos más documentos reales, también se hace presente en personajes, como el Imperator Valerius Magnus, o en la cita de sentencias del comediógrafo Terencio.

            Veintidós siglos después, seguimos fascinados con los héroes descritos por Homero. Quizá porque seguimos siendo igual de humanos y seguimos necesitando creer que alguno entre nosotros puede ser todo aquello que, en la realidad, ninguno de nosotros somos: perfectos.

            Esta es la máxima función de la literatura según Javier Marías: crear mundos que se cierran y, por ello, nos tranquilizan.

            Seguiremos hablando un poco más de novelas románticas.

 

 

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