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El amante el volcán. Susan Sontag

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Sontag ficciona sobre los pensamientos, sentimientos y sensaciones de diferentes personas. Cada personaje narra sus más íntimos temores, alegrías, sorpresas, miedos, y, el lector, descubre entre lo que no se cuenta cuáles son los momentos en los que los personajes no son capaces de juzgarse a sí mismos, ni para bien, ni para mal.

Al final, la voz que toma la palabra es la de Eleonora Pimentel, una periodista de la época (finales el siglo XVIII), y  Eleonora se atreve a criticar al resto de personajes, que, si bien son criticables, no dejan de ser lo suficientemenete humanos como para despertar la comprensión del resto de los humanos (nada humano me es ajeno).

Eleonora, o mejor dicho, el capítulo de Eleonora, me pareció, en una primera lectura, que era el alter ego de Sontag y que, de algún modo, explicaba el punto de vista de la escritora con respecto a los personajes. Pero ahora creo que Eleonora, ¡tan digna!, no es mejor que los demás. Es otro personaje, mezquino como los otros, heroico como los otros. Cada uno vive una vida, la suya. Quizá equivocada... ¿desde qué punto de vista? ¿Cómo sabe uno, mientras vive y toma decisiones todos los segundos de sus días, que se está equivocando o acertando? ¿Quién de nosotros puede juzgar a cualquier otro?

Bien es cierto que parece haber un consenso sobre cómo debemos comportarnos: respeto al otro, denunciar la crueldad, proteger a los niños y ancianos, igualdad entre hombres y mujeres... ¿Cuántas veces al día, cada día, cerramos los ojos?

Quizá no sería posible VIVIR si no fuésemos capaces de cerrar los ojos de vez en cuando, de perdonarnos un poquito, continuamente, por no haber hecho otra cosa. 

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